Fernando Medina relata sus comienzos profesionales como un progresivo y feliz descubrimiento: primero experimenta el placer del dibujo, luego pasa a trabajar en la publicidad, y alguien tiene la bondad de advertirle que lo suyo es algo más que eso: “tú eres un grafista”. A Fernando, cuya primera vocación fue la de marino, le basta un suave golpe de viento para recoger el ancla y enfilar hacia un nuevo destino en su recorrido peripatético: como los alumnos de Aristóteles, él aprende mientras se desplaza por el mundo, y ésa es la escuela que no ha dejado de visitar desde que abandonó su Cádiz natal.

Después de esa primera y reveladora escala de dos años en el Madrid de las agencias de publicidad, una travesía transoceánica le lleva a Perú, y más tarde a Nueva York, la atalaya perfecta para empezar a vislumbrar el oficio que crece en él y que ya tiene un nombre: “graphic designer”. Con ese salvoconducto bajo el brazo decide volver a Madrid para mostrarse a sí mismo lo que es capaz de hacer, justo cuando el país está apunto de despertar de la pesadilla del franquismo y encarar una de las aventuras más apasionantes de su historia. Pero ningún destino es definitivo. Un importante encargo le llevará más tarde a Canadá, y su propia curiosidad a Australia y Japón, cada vez más despegado del trabajo comercial y más interesado en mostrar su impronta personal. Las siguientes paradas en su periplo son Los Angeles, donde establece estudio, y finalmente París, donde reside actualmente. Probablemente, el nombre de “diseñador gráfico” ya no satisfaga completamente a Fernando Medina, que ni por asomo ha cerrado su expedición. Como los personajes en busca de autor de la obra de Pirandello, el quehacer de Fernando sigue en busca de una profesión que pueda contenerlo, y que a veces se resiste a hacerse cargo.

Los diseñadores a menudo nos quejamos de lo joven que es nuestra profesión, y de los inconvenientes que ello acarrea: falta de referentes, de legitimación social, de una definición clara de nuestra misión. Si esto sucede aún con las generaciones jóvenes, cómo habrá sido para la de Medina, cuando mero hecho de poner nombre a lo que uno hace constituye un hallazgo.

Polémicas tan recurrentes y estériles como la de “arte vs. diseño” ponen una y otra vez en contradicción las definiciones teóricas del diseño frente a la praxis de los diseñadores. En la teoría, el diseño sigue un método para resolver las necesidades del cliente en base a un encargo; en la práctica, el diseñador trasciende la metodología para explorar y especular con formas y expresiones propias que, frecuentemente, acaban generando un vocabulario de recursos que más tarde aprovechará -o no- en su trabajo comercial. En la teoría, el diseñador no tiene voz propia y pone su habilidad técnica a disposición del cliente, adoptando una posición neutra; en la realidad, el diseñador es sensible al mundo que le rodea, toma partido y acaba mostrando de un modo u otro su opinión y su visión personal. Hablando de Paco Bascuñán, Raquel Pelta dice: “Desde esta perspectiva, el diseño trata de liberarse del talante meramente comercial que, muchas veces, se le ha venido otorgando desde fuera y que ha oscurecido otras facetas más significativas y valiosas para la sociedad. Por su parte, el diseñador vive su trabajo como una experiencia donde lo importante ya no sólo es el producto final sino, además, el camino seguido hasta darle definitiva corporeidad pues la tarea de diseño se entiende como proceso de conocimiento, de reflexión y de creación”1. Por su parte, Norberto Chaves afirma: “El panorama descrito nos carea con la urgencia de una actitud comprometida por parte del diseñador: un sano desdoblamiento crítico que relativice su propio rol y le permita ver más allá de su crudo vínculo de servicio pasivo al mercado. O sea, pensar como intelectual crítico desprendiéndose de las distorsiones que necesariamente introducirá la equívoca lente de un oficio técnico”2.

El propio Fernando Medina explicaba, en un reciente discurso en Sevilla: “Alan Fletcher, uno de los fundadores de Pentagram Design, me dijo con su gran sentido del humor, que, básicamente, hay dos tipos de diseñadores: los “helicópteros” y las “máquinas de vender”: Los helicópteros vuelan alrededor del paisaje, se aproximan mucho para investigar o regresar hacia atrás y tener así una mejor vista panorámica. Las “máquinas de vender” tienden a ser inertes, hasta que alguien meta una moneda en la ranura. La máquina produce entonces ruidos, antes de echar fuera el producto. ¿Quizás, estos dos tipos de diseñadores obtienen el mismo resultado?”3. Es evidente que Fernando Medina ha optado por ser un helicóptero muy viajero. En efecto, hace tiempo que este diseñador sintió que tenía muchas cosas que concebir y que divulgar, sin que mediara el encargo comercial. También hace tiempo que decidió expresar su visión sobre asuntos como la violencia y la guerra, o sobre la destrucción de nuestro medio ambiente.

En “Nevando Tinta”, Fernando Medina nos muestra una colección de los frutos que ha ido obteniendo en su incansable viaje, resultados de su investigación con materiales y formas, de su reflexión sobre el mundo que le rodea, y de su tarea como diseñador. De su condición de diseñador obtiene el dominio de los signos, los símbolos visuales y la capacidad de sintetizar una amplia gama de significados con el menor número de elementos. De la observación de su entorno, la temática, los mensajes y el compromiso. Y de su propia experimentación, las cualidades sensoriales y plásticas de unas obras gráficas y pictóricas a un tiempo. La obra que contemplamos no es una afirmación de principios ni una exposición de conclusiones, sino fotografías y notas de un viaje, en forma de poemas visuales, a semejanza de la poesía visual de Joan Brossa. Cómo él, seguro que Fernando Medina podría recitar:

“Els rètols indicadors no funcionen
i no saps mai el tren que arriba on anirà:
has de preguntar la direcció del comboi
als qui van a dintre.

(Ho escric així, però ho dic des del lloc
on la paraula encara no existeix.)4

1 Raquel Pelta y otros, “Del diseño considerado como una de las bellas artes, Paco Bascuñán”, La Imprenta, Valencia, 2004, pag. 19
2 Norberto Chaves, “El oficio de diseñar”, Gustavo Gili, Barcelona, 2001, pag. 86
3 Fernando Medina “El diseñador, un aventurero en el océano de las ideas”, conferencia impartida el 24 de enero en Sevilla con motivo del vigésimo aniversario de AAD.
4 Joan Brossa, “Passat festes”, 1996

LA HISTORIA DE UN OFICIO EN BUSCA DE IDENTIDAD

2010
Texto para el catálogo de la exposición “Nevando Tinta”, de Fernando Medina, en el MuVIM.

Text for Fernando Medina’s “Nevando tinta” exhibition catalogue at MuVIM. Sorry, no english translation.